El mito de la identidad territorial a través de la fiesta y otras manifestaciones culturales

“Si continúan llegando inmigrantes a nuestra tierra desaparecerán nuestras señas de identidad y peligrará nuestra cultura…”, (Jordi Pujol, expresidente de la Generalitat de Cataluña).
La cultura se define como “ese todo complejo que incluye costumbres y tradiciones, hábitos, lengua, creencias, sistema político, económico, fiestas, gastronomía, etc.”, o sea, el modo de vida de un pueblo. La cultura es el fundamento que configura la identidad de un territorio. Sin embargo los elementos culturales que construyen la identidad de cualquier colectivo, ni han existido siempre ni, en general, son exclusivos de ese ámbito y pueden desaparecer con el tiempo. Son a veces imitaciones de otros espacios socioculturales. Veámoslo en nuestra propia tierra, Callosa de Segura, pudiendo a continuación hacer una proyección de lo local a lo global.

Santuario de San Roque Callosa de Segura
Santuario de San Roque Callosa de Segura/ Ayuntamiento de Callosa

San Roque, seña de identidad por excelencia de Callosa de Segura, no llega hasta bien entrado el S. XV. La fiesta en su honor no es exclusiva de aquí; su imagen se venera en numerosas ciudades de España, Francia, Portugal, Italia, etc. Los Moros y Cristianos se celebran en Callosa desde los años setenta, según costumbre de otras ciudades de la provincia con más tradición, y ya no son exclusivos de Alicante ni de la Comunidad Valenciana, habiendo sobrepasado sus límites geográficos. “El farolico Venancio”, “Las demostraciones del cáñamo”, etc. forman parte de la fiesta desde hace unos años. “El chupinazo”, una exitosa aportación de la filá de Los Desterraos a la fiesta, es una copia importada de Los Sanfermines que ha sido acogida con entusiasmo. Otras manifestaciones festeras que tuvieron lugar en el pasado han desaparecido: a finales del S.XVIII (Monografías callosinas, núm. 5, pág. 116) habla de un desfile a la turca del gremio de los alpargateros que dejó de celebrarse, como también desapareció en la primera mitad del S.XX un “Bando de la Huerta” de Callosa, o “La Bolina”, jornada gastronómica de convivencia celebrada por noviembre en La Pilarica entre patronos, obreros y familiares. Por citar algunos casos festeros. En cuanto al sistema económico, a Callosa se la identificaba como la ciudad del cáñamo, “la mapa” del cáñamo en la Vega Baja, actividad que vertebraba aquella sociedad. Ese mundo desapareció. Después surgió una industria de redes y cordelería que, por su relevancia en el contexto nacional, también identifica a Callosa. La agricultura intensiva bajo plásticos, seña de identidad de Almería, que arrancó en los sesenta, se trasladó una década después a Mazarrón y Aguilas, quedando implantada posteriormente en Pilar de la Horadada y el campo de Cartagena en los años ochenta. Podríamos continuar con muchos otros ejemplos. En el caso de las lenguas, si deconstruyéramos la evolución semántica de muchas de ellas nos encontraríamos con una familia de idiomas o dialectos con un origen común y sin necesidad de llegar al indoeuropeo. En gastronomía, como el caso del “arroz y costra”, numerosos pueblos se disputan hoy frente a otros la paternidad de distintos platos emblemáticos.

Arroz con costra ilicitano/ Wikipedia
Arroz y costra / Wikipedia

Por todo lo anterior, legitimar la realidad de una identidad territorial teniendo como fundamento la existencia de una cultura propia, exclusiva, integrada por una serie de elementos culturales cambiantes y en continua reelaboración, nos parece más un atrevimiento que un argumento, un pretexto emocional más que una conclusión racional.

La afirmación de una identidad territorial implica un doble concepto de “exclusividad”, algo propio, único, un privilegio,  y de exclusión o excluyente en cuanto discriminación o rechazo. Es el “nosotros”, “lo nuestro”, “los de aquí”, frente a “los otros”, “los de fuera”, o sea, nosotros frente al mundo entero de los otros.  Esta discriminación por categorías en las relaciones humanas siempre ha existido: romanos-bárbaros, cristianos-gentiles, civilizados-salvajes (incluso los “buenos salvajes” de Rousseau), musulmanes-infieles, arios-semitas, etc. El dilatado arraigo de aquellos que constituyen el grupo identitario les conferiría una legitimidad en origen frente a “los de fuera”, o mestizajes sobrevenidos, jerarquizando así la sociedad en distintos niveles o grados de una supuesta “pureza étnica”.

Las identidades territoriales se construyen con una concepción individualista y supremacista desde los discursos del Poder. Porque el Poder no solo suscita adhesiones clientelares inquebrantables sino que, con Foucault, genera conocimiento, especie de trincheras ideológicas, a base de frases e ideas mil veces repetidas desde las estructuras de influencia.  Más aún, a través de potentes medios de propaganda de masas llegan a constituirse desde el Poder auténticos “sistemas de verdad”, un discurso políticamente correcto que aparenta una especie de legitimidad social. El sistema educativo, p.ej., que el Poder siempre quiere controlar, ha sido una forja de espíritus impregnados del discurso identitario a través de la exaltación y enardecimiento de las señas de identidad propias y el desprestigio de sus adversarios, vistiendo de emociones un sentimiento de pertenencia construido previa y conscientemente, escondiendo siempre objetivos interesados: acaparar cargos y poder, controlar presupuestos, monopolizar el discurso dominante, etc. Todas las guerras se fraguaron con este lenguaje dicotómico y frentista.

En esta línea, las imágenes que desde el Poder se proyectan sobre el propio grupo y sus instituciones contribuyen a una permanente e insistente construcción de la propia identidad, algo considerado “sagrado e inviolable”, aunque no sea compartido por todo el grupo. ¿Qué cosas comparte un señor de La Campaneta con uno de Bocairent, por ejemplo? O ¿uno de la gerundense Besalú con otro de las tierras bajas del Ebro? O ¿uno de Lequeitio con otro de la Rioja Alavesa? Pocas. No obstante a todos ellos se les atribuye la misma identidad oficial y la obligación de defenderla. La geografía política no coincide a veces con la geografía cultural que le da soporte porque la cultura derrite  a menudo  las fronteras geopolíticas, desbordándolas, avecinando pueblos con tradiciones compartidas aunque se hallen encuadrados en identidades territoriales diferentes.

Atribuir una identidad homogénea a cada territorio es un mito construido desde el Poder. “La Comunidad Valenciana, en lugar de reforzar una identidad periférica, consolida una identidad múltiple en la que se combinan elementos colectivos valencianos y españoles” (Castelló y Coller). No existen territorios con identidades homogéneas sino híbridas, eclécticas. Ni somos las personas clasificables por identidades homogéneas. Existen tantas identidades como individuos. Más aún, “cada persona tenemos nuestra propia identidad fracturada” (Albert Camús), al identificarnos con elementos culturales de todos los sitios por donde hemos pasado en la vida, con unos más que con otros pero que, al final, nuestra identidad personal es el resumen de toda nuestra experiencia de vida. Por ello, con Baumann (2001:61), convendría hablar más bien de identificaciones que de identidades: con qué cosas nos identificamos, sean del sitio que sean, mejor que definir la compleja identidad de cada persona y menos por decreto.

Museo del Cáñamo de Callosa de Segura/ Punto Radio Vega Baja
Museo del Cáñamo de Callosa de Segura/ Punto Radio Vega Baja

Si las culturas son constructoras de identidades, a su vez éstas son reivindicadas como acreditaciones para los nacionalismos y argumentos para los nacionalistas. Esto sería más peligroso porque, si bien la ecuación anterior cultura-identidad no pasa de ser una reivindicación cultural que, como concepto, podría quedar anclado y fusionado en el más amplio de “nacionalidad”, y con más razón si este lo contempla la constitución como distinto al de “nación”, establecer sin embargo una relación necesaria y vinculante entre identidad y nacionalismo es más peligroso porque en este caso la reivindicación no es cultural sino política, de poder, de soberanía que hoy, cinco siglos después, sigue conservando el mismo significado atribuido por su creador J. Bodin (1576), como “el poder absoluto y perpetuo de una República”. Para ello no se escatima en inventar una memoria selectiva, revolver y manipular la historia para desplegar toda una montaña de falsedades y reunir cualquier símbolo andrajoso del pasado hasta organizar todo un espectáculo de la confusión.

Autoinvestirse de poder legítimo una parte del Estado y pretender disputarle a éste el “poder absoluto y perpetuo” que legítimamente ejerce, poder inventado contra poder legítimo, nos llevaría indefectiblemente, nos ha llevado ya en multitud de ocasiones, a un escenario bélico. Basta con echar un vistazo a la historia para comprobar las innumerables páginas sangrientas escritas por esta clase de conflictos.

Las identidades, que son sistemas colectivos de significación de los seres humanos, no son “islas”, bloques compactos, herméticos e impenetrables, como sagradas Arcas de la Alianza que se transmiten de generación en generación, sino realidades que se desarrollan en contextos culturales complejos, no realidades estáticas e inmutables (lo que significaría una cosificación de la cultura), sino procesos sociales en permanente construcción. Las “sagradas señas de identidad”, por tanto, no constituyen la definición ontológica de un pueblo sino la expresión de su modo de vida en un momento histórico concreto.

San Roque, Patrón de Callosa de Segura/ Wikipedia
San Roque, Patrón de Callosa de Segura/ Wikipedia

Para terminar, debemos reiterar con el autor que La identidad como certeza está bastante cuestionada (Foucault, 1978:181-190). Ningún colectivo humano puede considerarse “único”, o superior porque todos son consecuencia de una evolución humana aleatoria e interrelacionada. Las “sagradas señas de identidad” no son, con frecuencia, exclusivas de un lugar sino copiadas, importadas de otros ámbitos y compartidas con otros grupos en un mundo cada día más globalizado, de comportamientos homogeneizados y, si se nos permite la expresión, cada vez más gregarios en el que tendemos todos a hacer lo mismo, compartiendo gustos parecidos en múltiples campos: moda, música, viajes turísticos, idiomas, cosmopolitismo, gastronomía, internacionalización de empresas, de marcas, consumismo… Existe la clara tendencia a universalizar una misma forma de vida. Las generaciones jóvenes actuales en especial se identifican más con la “cultura global” y, sin renunciar a sus raíces, dejan atrás la visión aldeana del pasado. No soportan el estrecho entorno en donde sus ancestros construyeron su identidad. Prefieren derribar barreras, explorar toda la complejidad del universo y poder conocer los diversos mundos que habitan en otros idiomas y en torno a otros altares. En ese empeño habrán evolucionado desde una identidad de aldea y campanario a una identificación con asuntos de su interés que puedan existir en cualesquiera de las 50.000 culturas existentes hoy en el mundo.

José Antonio Marín Caselles/ Antropólogo. Doctor por la UMH.

 

 

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